La demagogia de la elección directa de los alcaldes. Pluralismo no es igual a bipartidismo

Propone Rajoy la regeneración democrática y se descuelga con una idea que parece de gran radicalidad: elegir directamente a los alcaldes. Siempre tiene más legitimidad democrática que el pueblo elija la persona que ha de ostentar la alcaldía en vez de que sean los concejales y concejalas quienes lo hagan.

Pero eso habría de ser aplicable también a los consejeros de distrito en las ciudades donde existan, a  diputados y diputadas provinciales que, con la excepción de las Diputaciones Forales en el País Vasco y los Cabildos Insulares en Canarias, son elegidos por concejales y no por el pueblo. Y también respecto a la presidencia del gobierno y la de las Comunidades Autónomas y la del Congreso y el Senado y la del Tribunal Constitucional y la presidencia y miembros del Consejo General del Poder Judicial, y….

Ahora bien, no es de recibo, la afirmación de la ínclita Esperanza Aguirre: “una coalición de perdedores no puede desplazar al ganador” ¿Qué esconde esta demagógica afirmación que, seguro será coreada por los bardos mediáticos afectos al régimen?

En primer lugar la negación del pluralismo político. Dice el artículo 1 de la Constitución:

España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”.

Plural es más de uno, y por supuesto, más de dos, y si son tres aún es más plural y, ya no te digo, si son 30. Es decir, el sistema democrático se basa en el reconocimiento de la diversidad de opiniones y en el pluralismo político que eso supone. No es negativo  para la democracia, que exista una pluralidad de ideas que se puedan manifestar y no se puede entender pluralismo como bipartidismo.

¿Qué quiere hacernos creer este mensaje? ¿Quiénes son los perdedores? Imaginemos un caso hipotético, un municipio en que se presentan cinco candidaturas y  obtienen los siguientes porcentajes: 35%, 30%, 25%, 10% y 4,75%. La ley electoral española no permite acceder a la distribución de concejales a aquellas candidaturas que no hayan obtenido un mínimo de 5% (artículo 180 Ley Orgánica 5/1985, del Régimen Electoral General), por tanto la distribución de escaños es solamente entre los cuatro primeros. ¿Alguien puede afirmar que la candidatura que ha obtenido el 35% es ganadora y las otras son perdedoras? Si las otras tres se ponen de acuerdo, sumarían casi el doble de votos que la primera, ¿eso no da legitimidad? ¿quién es el perdedor?

Hasta ahora, gana las elecciones quien consigue mayores apoyos entre las personas electas, no quien ha obtenido mayores votos populares. Así funciona el sistema proporcional, que pretende (con mayor o menor justicia, que en nuestro caso no es mucha) distribuir equitativamente los escaños (o concejales) para favorecer la diversidad.

Es habitual escuchar a los responsables políticos y mediáticos, justo después de conocer el resultado de las elecciones, que nadie ha perdido o que todos han ganado. Porque la victoria o la derrota es en función del objetivo que uno se ha propuesto. ¿Por qué se considera que en las últimas elecciones europeas Podemos es victorioso cuando sólo ha obtenido cinco escaños y el PP ha perdido cuando ha obtenido el máximo porcentaje de votos? Porque las valoraciones son en función de esos objetivos, no de los resultados reales.

En un sistema que quiera primar el pluralismo y a la vez facilitar la elección directa por el pueblo de los máximos responsables políticos, no se puede jugar a este discurso demagógico. En un sistema mayoritario, quien gana lo gana todo y quien pierde lo pierde todo, no se distribuyen los escaños. No es ahora el momento de hacer un análisis profundo de las ventajas e inconvenientes de ambos sistemas: mayoritario y proporcional, solo constatar que existen y que la opción por uno u otro o por una mezcla de los dos, requiere un amplio debate político y social.  Parece absurdo decirle esto a quienes el año 2011 reformaron la Constitución, presuntamente irreformable, o acaban de aforar al Rey por la puerta de atrás, pero queda dicho.

Aquí se nos propone una burla. Se acepta el sistema proporcional, es decir la distribución de concejales en función de los votos, pero el alcalde o alcaldesa ha de ser el de la candidatura más votada. Si realmente se quisiera favorecer la elección directa de alcaldes debería haber dos sistemas: el mayoritario para su elección y el proporcional para los concejales que han de formar el Pleno Municipal. Con el sistema mayoritario se presentan las candidaturas y las dos que obtengan más votos pasan a una segunda vuelta para determinar quién es el vencedor. Así pasa, por ejemplo, en Francia.

Nuestro sistema democrático tiene muchas cosas que mejorar, ésta es una de ellas, pero ni mucho menos la única, ni la primera. Un proceso de regeneración democrática no se puede hacer desde la prepotencia, reforzando la autocracia o el bipartidismo sin debate social y sin participación ciudadana. No se puede hacer solamente mirando la dimensión representativa de la democracia, también es necesario incentivar y mejorar las otras dos: la directa (referéndums vinculantes) y la dialógica (debate público, iniciativa popular…)

La reforma de nuestro sistema político no debe obedecer a cálculos aritméticos de cómo mantener el poder a pesar de tener menos votos, sino buscando aquellas formas que permitan profundizar la democracia dando más espacio de intervención y decisión a la ciudadanía.

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